Cuando el Tomelloso CF acarició su primer título nacional
Una temporada para la eternidad en la que los manchegos alcanzaron la final de la Copa Federación, conquistaron el ascenso a Segunda B y sellaron la gesta del juvenil a Liga Nacional
Hay temporadas que pasan sin pena ni gloria y otras que se graban en la memoria colectiva de una afición. Para Tomelloso, en el corazón de La Mancha, el curso 2002-2003 no fue un simple calendario de partidos: fue la campaña que llevó al club más allá de sus propios límites. Aquel año, el Tomelloso Club de Fútbol decidió que la Tercera División se le quedaba pequeña y se atrevió a desafiar a rivales que militaban un escalón por encima en la escuela del fútbol. Como por la vía liguera aún no era posible, encontró su escenario en el torneo del KO de los modestos: una Copa Federación donde rozó con la yema de los dedos una de las mayores gestas del fútbol español en este siglo.
Aquel equipo devolvió la ilusión a
la Tierra del Vino tras casi una década de sinsabores. El éxito se moldeó
primero en los despachos para terminar brillando sobre el césped: tras quedarse
a las puertas del ascenso el curso anterior, el club necesitaba aire fresco. En
el verano de 2002, y ante la falta de candidaturas alternativas, Ambrosio
Armero asumió la presidencia respaldado por pesos pesados como Higinio Ponce y
Laureano Olmedo. La consigna era nítida: reconstruir el vestuario para
dar el salto definitivo. La directiva ratificó su fe en Pedro Sánchez
de la Nieta para su tercera campaña al frente del banquillo, pero poniéndole en
las manos un proyecto profundamente renovado.
Gran parte del bloque
provincial del curso anterior, con nombres como Marqués, Jesute o Felipe, hizo
las maletas. En su lugar se moldeó una plantilla mixta: se combinó la
experiencia regional de hombres como Peña o José Cristóbal con futbolistas que
pisaban por primera vez Castilla-La Mancha, caso de Andrés o Juanjo. Además, el
club blindó el orgullo local recuperando para la causa al veterano Treviño y
dando la alternativa a jóvenes de la casa como Alfonso y Juan.
Aquella misma primavera,
Carlos Moreno condujo al equipo juvenil a Liga Nacional. Testigo directo de lo
que se cocía en la entidad, radiografía con precisión aquel vestuario: «El Tomelloso
contaba con un buen equipo, sustentado en un núcleo duro de futbolistas que
daría grandes réditos durante años, como Treviño, Lope, Miguel Moreno o
Navarro. A ese bloque se sumaron refuerzos importantes procedentes de Madrid,
como Juanjo, del CF Fuenlabrada; Juli, del Rayo Vallecano B; o
Carlos Sanz, de la AD Alcorcón. Con todo ello se formó un equipo capaz de
firmar grandes eliminatorias».
| Carlos Moreno (derecha), entrenador del Tomelloso juvenil en la temporada 2002-2003, junto a José Javier Hombrados (izquierda), mítico exjugador del BM Ciudad Real / Carlos Moreno |
De la decepción copera al sueño federativo
El arranque oficial del curso no hacía presagiar lo que vendría después.
Tras una pretemporada dubitativa, el primer golpe de realidad llegó a las
primeras de cambio en la ronda preliminar de la Copa del Rey. El rival, el
alavés Amurrio Club del Grupo
II de Segunda División B, no tuvo piedad e infligió un contundente 1-6 global
al cuadro de Pedro Sánchez de la Nieta. Aquel varapalo apeó a los manchegos del
torneo del KO, pero a su vez les abrió de par en par las puertas de otra
competición oficial: la Copa Federación.
Lejos de tomarse el torneo menor como un trámite
engorroso, el Tomelloso lo convirtió en su particular bandera de
reivindicación. Haciendo gala de su orgullo de cuna, el conjunto blanco emuló a
Don Quijote para salir al
paso de gigantes. Pero, a diferencia de la novela cervantina, estos no eran
molinos de viento imaginarios: todos y cada uno de los escollos militaban en
una Segunda B que los tomelloseros despacharon con autoridad, transformándose
en el auténtico «matagigantes» de la competición.
El primer golpe sobre la mesa
En diciembre de 2002, el club volvió a mover ficha en el mercado con dos
refuerzos de categoría de bronce: Carlos Sanz y Garzón, quienes pronto se consolidaron como
titulares habituales en el torneo del nocaut federativo. Ese mismo mes llegó el
estreno en los dieciseisavos de final, con el Real Ávila como primer obstáculo
en el camino. En el choque de ida, disputado en el Municipal, los locales
impusieron su ley por 2-1 para cobrar una mínima renta de cara a la vuelta.
| Alineación titular de uno de los encuentros de la campaña 2002-2003 / Carlos Moreno |
El desenlace se resolvió una semana más tarde en el feudo que rinde tributo al primer presidente democrático de la Transición, el Adolfo Suárez. Allí, el bloque castellanomanchego arrancó un valioso 1-1 que rubricó el billete a octavos de final. El equipo quemaba etapas en la Copa Federación sin descuidar una Liga donde no aflojaba en los puestos de play-off. El Real Ávila, en cambio, terminaría aquel curso como penúltimo clasificado del Grupo I, certificando su descenso a Tercera División.
La conquista de Augusta Emerita
Mérida fue uno de los grandes bastiones de Hispania durante el Imperio Romano, una impronta milenaria que siempre ha acompañado a los clubes de la clásica Augusta Emerita para infundir un respeto reverencial en sus rivales. La UD Mérida, heredera del extinto Club Polideportivo Mérida que había competido en la máxima categoría del fútbol español la década anterior, puso contra las cuerdas a los manchegos al adjudicarse la ida por 2-1 en el Romano.
Al Tomelloso solo le valía vencer en la planicie de La Mancha para seguir doblegando a gigantes. El 30 de enero, Día de la Paz, el balón echó a rodar y apenas se necesitaron siete minutos para abrir la lata: el criptanense Luisma rompió el 0-0 inicial con un tanto que terminaría siendo inamovible. Aunque el marcador global reflejaba un empate a dos, el valor doble de los goles a domicilio —vigente por entonces— hizo bueno el tanto de Francis en tierras extremeñas y selló el pase a cuartos del conjunto del escudo de la liebre y el tomillo.
La noche del milagro ante el Algeciras
Pero si hubo un cruce que forjó a fuego el carácter de aquel plantel, fueron
los cuartos de final frente al Algeciras
CF. No se trataba de un oponente cualquiera: aquel bloque andaluz era uno
de los «cocos» del fútbol no profesional, coronándose esa misma campaña campeón
del Grupo IV para dar el salto a Segunda División tras la promoción. Tras
rascar un épico 0-0 en el Nuevo Mirador, la vuelta en el Municipal (denominado
Paco Gálvez desde diciembre de 2015) parecía la carta de despedida de los
locales. El duelo agonizaba ya en el alargue y el 1-1, inamovible desde el
cuarto de hora, otorgaba el billete al cuadro campogibraltareño por el valor
doble del gol visitante.
Carlos Moreno describe con nitidez aquel instante de angustia en la grada: «El equipo tomellosero estaba prácticamente eliminado. Gran parte del público ya se había marchado del estadio, convencido de que la eliminatoria estaba perdida». Sin embargo, hasta el pitido final del colegiado, ni se puede festejar ni desesperar: «El árbitro, Muela Marcos, señaló un penalti de esos que, aunque a veces son pitables, rara vez se conceden en ese minuto», relata. La responsabilidad recayó en un emblema de la casa: «El penalti lo lanzó el mítico Treviño, autor de tantos goles con el Tomelloso, y lo transformó».
| Crónica del Diario Lanza del inolvidable partido ante el Algeciras / Archivo de Lanzadigital |
Aquel 2-1 desató el delirio colectivo, catapultó al cuadro blanco a semifinales y rubricó la confirmación de que aquel vestuario era capaz de tumbar a cualquiera.
La aduana del Peralta rumbo a la gran final
Otro Segunda B se interpuso en el camino hacia la gloria: el Club Multideporte Peralta navarro (actual Club Deportivo Azkoyen). En el primer asalto, disputado en la comarca de la Ribera Arga-Aragón, el Tomelloso volvió a asestar un golpe de autoridad a domicilio: un solitario tanto del bilbaíno Andrés selló el 0-1 y dejó la eliminatoria encarrilada para resolverla en la provincia ciudadrealeña tres semanas más tarde. A los de Pedro Sánchez de la Nieta les valía que los blanquicos no perforaran su meta, y el guion se cumplió al pie de la letra: resultado gafas (0-0) y una inesperada final que ya era una bendita realidad para la afición manchega.
| Crónica del Diario Lanza del partido que llevó al Tomelloso a la final / Archivo de Lanzadigital |
El premio de una final con sabor agridulce
La euforia tras apear al Algeciras y al Peralta disparó la ilusión: el
Tomelloso se encontraba a las puertas del primer título nacional oficial de su
historia. Aunque en sus vitrinas lucían cinco campeonatos del Grupo XVII de
Tercera División (1988, 1996, 1997, 1999 y 2002), ninguno ostentaba rango
estatal global. La gloria esperaba ante el último escollo: el Real Avilés Industrial,
histórico asturiano con pasado en la división de plata que tampoco había
conquistado nunca el certamen. El contexto invitaba al optimismo: mientras los
manchegos encadenaban jornadas en promoción de ascenso en Tercera, los
avilesinos penaban en Segunda B por salvar la categoría, objetivo que amarraron
al límite con apenas tres puntos sobre la promoción de descenso.
Trofeo de la Copa Federación / Golsmedia |
Pero el fútbol no entiende de inercias. En el choque de ida en el Nuevo Román Suárez Puerta, el Tomelloso encajó un severo 3-0 a manos de un implacable hat-trick del delantero José Rafael Alonso quien, por caprichos del destino, terminaría recalando en el cuadro manchego dos temporadas después. Aquel tropiezo supuso un mazazo que dejó la final prácticamente sentenciada. Carlos Moreno, testigo directo de aquella cita histórica, relata el impacto del golpe en la parroquia local: «De aquella final recuerdo cierto desencanto, provocado por un mal resultado en el partido de ida, que desinfló la euforia y la ilusión de la afición». Una losa muy pesada para una expedición entregada: «El club había preparado ese encuentro con mucha ilusión, desplazándose hasta Avilés con directivos míticos de la época como Laureano Olmedo, Paco Izquierdo o Higinio Ponce».
Lejos de bajar los brazos, la directiva movilizó a toda la localidad para
quemar las naves. El 17 de abril, en pleno Jueves Santo, la ciudad vinícola
abarrotó su feudo para apurar unas opciones de remontada tan remotas como
cargadas de orgullo: no había nada que perder y sí una gesta eterna por
conquistar. La trascendencia de la cita quedaba patente con solo alzar la
mirada hacia el palco del Municipal, erigido esa noche en el centro neurálgico
del fútbol institucional: «A aquel encuentro asistieron el presidente de la
Real Federación Española de Fútbol, Ángel María Villar; el presidente de la Federación
de Castilla-La Mancha, Antonio
Escribano; el director general de Deportes de la Junta, Francisco Javier Martín del Burgo;
y Ambrosio Armero, presidente
del Tomelloso Club de Fútbol. En definitiva, se dio cita toda la crème de la crème del deporte de
la época, junto a autoridades políticas como el alcalde de Tomelloso, Carlos Cotillas, o el presidente
de la Diputación de Ciudad Real, Nemesio
de Lara», enumera el tomellosero.
Bajo una tarde soleada y radiante, con su afición empujando desde la grada,
el Tomelloso buscó el milagro, pero el Avilés tiró de oficio. «El público
empujó, pero no pudo ser. El Avilés era un conjunto muy hecho y serio», analiza
Moreno. «Con nada menos que 90.000 euros en juego o, lo que es lo mismo, quince
millones de las antiguas pesetas, no vino precisamente de paseo».
El
Tomelloso tampoco logró estrenar su casillero en el choque de vuelta, dejando
imbatido en toda la final a David
Pérez (quien recalaría en el extinto Talavera CF la temporada siguiente). Para más inri,
en el minuto 86, José Manuel
Parente asestó la puntilla definitiva con el 0-1 del encuentro y el 4-0 en
el cómputo global. El desenlace dejó al Tomelloso con un subcampeonato que,
aunque amargo en el momento, quedó grabado para la historia como la cima copera
jamás disputada por el club de la región castellanomanchega. Haber apeado a
cuatro rivales de categoría superior certificaba la tremenda estirpe
competitiva de un bloque que aún no había dicho su última palabra. Habían
mirado a los ojos a la Segunda B y habían demostrado de qué pasta estaban
hechos; ahora tocaba consumarlo en el escenario que les devolvería a esa misma
categoría, pero en los fines de semana: la competición liguera.
Un aspirante incontestable
Tras erigirse para muchos en el campeón del pueblo de la Copa Federación, el
Grupo XVII de Tercera División —donde militaban los castellanomanchegos antes
de la creación del Grupo XVIII— confirmaba que aquel Tomelloso era una máquina
perfectamente engrasada. Si en la copa personificaron la épica, en la liga
cumplieron con creces las expectativas generadas por el nuevo proyecto,
convirtiéndose en «Míster Regularidad». Los datos del curso liguero eran
abrumadores: tras las dos primeras fechas, el equipo asaltó la zona de
promoción en la tercera jornada y ya no la abandonó jamás, encadenando 36
semanas consecutivas durmiendo entre los cuatro primeros clasificados.
Si bien la clasificación para la promoción de ascenso pareció pan comido a tenor de esos números, la realidad fue bien distinta. Tras un empate en Quintanar del Rey y una derrota por la mínima (0-1) ante el Club Deportivo Guadalajara, el CP Villarrobledo, quinto clasificado, acechaba a tan solo un punto de distancia la cuarta plaza que ostentaban los tomelloseros. Los blancos volvieron a pinchar, esta vez en Puertollano (1-1), pero apareció el vecino UD Socuéllamos —que deambulaba por la zona media-baja de la tabla— para echarles un cable ganando a domicilio en el Barranco del Lobo, dejando todo abierto para el desenlace final. Una rotunda goleada por 4-0 ante el CD Torrijos en la última fecha de la fase regular ratificó definitivamente el billete para el play-off.
El primer paso para volver a la categoría de bronce estaba cumplido: el
Tomelloso CF, el equipo que había rozado la gloria en la Copa Federación, tenía
su billete para jugar la promoción de ascenso. Ahora tocaba dar el segundo y,
si este no se daba hacia adelante, la gran regularidad liguera cosechada no
habría servido para nada. Al haber llegado a esta ronda tras lograr la última
plaza de promoción, el sorteo les deparó un duro grupo en una liguilla de
cuatro equipos: Granada 74
(campeón del Grupo IX), CD Don
Benito (2.º del Grupo XIV) y Atlético
Lucentino (3.º del Grupo X). A esta larga temporada aún le quedaban duras
batallas. Para ellas no se podría contar con el héroe de la gloriosa
eliminatoria contra el Algeciras,
Treviño, quien estaba
lesionado; para cubrir su baja llegó el delantero madrileño Esaú.
Cuando esta segunda parte sí fue buena
Con el objetivo del ascenso entre ceja y ceja, la liguilla fue una auténtica
montaña rusa: empate valioso fuera de casa para empezar, victoria en el
Municipal ante el «coco» del grupo, el Granada 74, y derrota en Lucena. Un triunfo vital frente
al Atlético Lucentino en el
arranque de la segunda vuelta de la «miniliga» dejó todo servido para un duelo
final al más puro estilo de las películas del oeste: un mano a mano entre el
Tomelloso y el Don Benito. Los pacenses partían con ventaja; al conjunto
del este de Ciudad Real le urgía ganar un partido y, al menos, empatar el otro.
El primer asalto, en suelo dombenitense, fue de infarto: durante una hora, el
cuadro local fue equipo de Segunda B, pero un tanque de oxígeno en forma de
gol, obra de Carlos Sanz a
falta de doce minutos (1-1), bajó de las nubes a la afición calabazona. Todo se
decidiría en el corazón de La Mancha.
La ecuación era sencilla; la contienda, de máxima exigencia: el equipo rojiblanco llegaba al Municipal como líder, con tres puntos de ventaja. Le bastaba el empate para sellar el billete a Segunda B, mientras que al Tomelloso solo le valía la victoria para arrebatarles el ascenso por la vía del golaveraje particular. Cualquier otro marcador condenaba a los blancos a seguir en una Tercera División que se morían por abandonar. El feudo tomellosero lució abarrotado hasta la bandera con más de 3.000 almas para empujar a los suyos hacia la gloria. Ernesto Valverde, en la rueda de prensa de su regreso al Athletic en 2013, bromeó recordando aquello de «que las segundas partes nunca fueron buenas… salvo la de El Padrino». Pero 29 años después de la segunda entrega de la mítica saga de Francis Ford Coppola, se dio otra segunda parte exitosa: si bien ante el Real Avilés la moneda salió cruz, frente a los extremeños cayó de cara. Los goles de Garzón y Francis sellaron un 2-1 que coronaba al Tomelloso como campeón del Grupo D-2, y, a la postre, como nuevo equipo de Segunda División B, desatando tras el pitido final una euforia colectiva que se prolongó hasta altas horas de la madrugada.
| Celebración del segundo ascenso en la historia del Tomelloso CF a Segunda B / Archivo de Lanzadigital |
El 28 de junio de 2003 quedó grabado en la memoria de la parroquia tomellosera como la fecha del segundo ascenso en la historia del club al tercer escalón del fútbol español, tras el cosechado en 1988. El Tomelloso regresaba a la categoría de bronce casi una década después de su despedida en 1994. Sin embargo, este no fue el único éxito de una campaña irrepetible. Carlos Moreno destaca que la alegría fue por partida doble: «Esa temporada coincidieron dos ascensos: el del primer equipo, que ascendió a Segunda B, y nosotros, que pasamos de la Juvenil Provincial a la Liga Nacional». Palabras que resumen un curso verdaderamente mágico para el fútbol local, del que él fue también uno de los grandes protagonistas.
El triste ocaso: de la gloria al olvido
Tras tocar el cielo en el tercer año del joven siglo XXI, la escuadra blanca logró mantenerse dos temporadas en el escalón inmediatamente inferior al fútbol profesional, descendiendo a Tercera División en 2005, año histórico para La Mancha al conmemorarse el cuarto centenario de la publicación de la primera parte de El Quijote. Nunca volvió a la actual Segunda Federación.
La vuelta a la Supertercera fue el principio del fin para un club que había
dado grandes alegrías a una localidad orgullosa de albergar la segunda
cooperativa vitivinícola más grande del mundo —la primera en la actualidad—. La
entidad entró en una profunda crisis: los recortes municipales y una mala
gestión externa a través de la empresa Brokers Sport provocaron un enorme descontento
social, desembocando el 12 de julio de 2012 en la fundación del Club Deportivo Atlético Tomelloso.
El nuevo proyecto le arrebató la masa social al Tomelloso Club de Fútbol, que acabó
excluido de la Primera Autonómica Preferente a mitad de campaña. Sin disputar
un solo encuentro en 2015, la institución desapareció ese mismo año en el más
absoluto de los silencios, poniendo un punto final definitivo a su historia.
Murió solo e invisible para una ciudad que, apenas doce años atrás, lo arropó
con fervor y celebró en sus calles cada una de sus gestas.
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